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Crónica de: Luz González Rubio

Publicada: 28 de Abril de 2011

Gitanos en las ruinas de los Frailes.

Era una fiesta verlos llegar al pueblo con sus carromatos, sus canciones y sus bailes, aunque vinieran a engañarnos. También nos divertían. Cuando se corría la voz de que estaban por aquí, las mujeres guardaban en los corrales las gallinas que antes picoteaban libres por las eras. Aun así, siempre faltaba alguna. Era vista y no vista, se la comían en menos que canta un gallo. Pero nada más, nadie echaba en falta otras cosas.
Venían de puerta en puerta a ver si tenías algo roto que lañar, una lebrilla, un cántaro, un puchero o una olla, todo lo arreglaban. Además vendían cestas de mimbre de todos los tamaños. Para los huevos, para los dulces del horno – bueno para eso era mejor el escriño que guardaba más el calor y no se salían las migas- o para la ropa de planchar…
Paseaban por las calles con sus canastas al ijar y al mismo tiempo, si querías, te echaban la buenaventura, y si te enfadabas con ellas pues el mal de ojo o cualquier maldición.

-Aun así, nos gustaba que vinieran –rememora Aurora a sus noventa y cuatro años recién cumplidos- No te fiabas mucho de ellos, porque no te podías fiar, pero ya está.

A Aurora le gusta mucho celebrar su cumpleaños, le gusta estar con la gente y que haya fiesta. Por eso le gustaban los gitanos, porque siempre estaban de celebración.

- Recuerdo que íbamos a las eras, a las cuevas o a los frailes, donde acampaban. Algunas noches venía la hermana Julianilla a llamarme y me iba con ella a oír la música. Extendíamos una saca y nos sentábamos en el suelo con ellos. Les llevábamos, escondida en el mandil, una botella de aceite para el candil y nos quedábamos hasta las tantas.

Había gitanos de dos tipos, los húngaros que tocaban el violín y venían en carromatos y los gitanos, gitanos con acento andaluz que venían con burros para cambiar y acampaban en los frailes y en las cuevas. Allí metían a los burros quizá para que les dieran calor en invierno o a lo mejor para que nadie pudiera ver lo viejos que eran porque hasta los pintaban de negro para que parecieran más jóvenes y venderlos a mejor precio.

Había buena gente entre ellos. Como Talmú y el Montañés, esos venían cada año y de una vez para otra pues los conocíamos. Había también mujeres a las que les pillaba el parto aquí y parían en las cuevas. Algunas veces bautizaban a los chicos en la iglesia.
Recuerdo que había una gitana que estaba pariendo en las eras, allí por el Ventorro, y unas mujeres fueron a llevarle caldo y bizcochos, lo que se lleva a las recién paridas. Y se la encontraron fumando un puro en el carromato.
Aquí ninguna mujer fumaba entonces, y menos, puros.
Tuvo una chica y la bautizaron en la iglesia.  Luego hicieron la celebración en el casino.
Cuando era mayorceta vino por el pueblo y preguntó por sus padrinos. Porque la madrina fue su tía Valentina y el padrino Paco Jiménez. A la chica le pusieron sus nombres; Francisca o Valentina. No sé qué apellido tendría. Pero fue una fiesta en el pueblo ese bautizo. Los padrinos fueron a las eras a recoger a la recién nacida y allí los esperaban toda la familia vestidos de fiesta, con trajes húngaros llenos de bordados - porque estos eran húngaros - y las mujeres con faldas de vuelo y corpiños de lentejuelas, los hombres de negro con chalecos y camisas blancas con volantes en la pechera y en los puños. Fueron tocando los violines toda la calle Nueva hasta llegar a la iglesia. La gente salía de las casas a ver qué era aquello y los chiquillos iban detrás del cortejo.
Y la inscribieron aquí y todo a la chicota. Francisca Valentina se llama, unos cincuenta años tendrá ahora. Debe estar en el Libro del Registro del Ayuntamiento.

No sé si estará en el ayuntamiento, pero donde sí está inscrita una tal Valentina hija natural (es decir, hija de padres que no se han casado) es en el registro parroquial y resulta que la tal muchacha cuyo padre nació en Toledo y su madre en León, es un poco más joven de lo que dice Aurora. Es de la edad de la prima Luci y de Pepa, Consuelo, Isabela, y los demás, hasta llegar a veinte que nacieron aquel mismo año ¡Entonces sí que nacía gente en Villaescusa!

A lo mejor se trataba de la misma gitanilla a la que mi prima Luci daba su merienda a escondidas. De chiquilla era de comer poco y costaba un triunfo que se comiera el bocadillo, así que ante la extrañeza de su madre, los días que acampaban los gitanos en los Frailes, lo cogía sin rechistar y en un pis pas se quedaba sin él: “Qué bien que come mi Luci ahora”, decía tan contenta. Nadie veía como la gitanilla, no sé si sería Valentina o no,  sólo que era de nuestra misma edad, se comía con ansia lo que Luci le había dado. Y tan rápido que aún no había empezado mi prima Adela, su hermana, a comerse el suyo. La gitana iba detrás de ella:

-Dame, dame.

Pero mi prima Adela nada, ni caso. Abría el pan y tiraba del jamón dándole pequeños mordiscos. Masticaba lentamente a la vista de la pedigüeña que, olvidándose de jugar con nosotras, iba detrás de ella con la cantinela.

- Anda dame un poco.

Al final Adela se compadecía, y cuando ya no quedaba nada de magro, cogía la tira de gordo de alrededor entre el pan y le decía:

-Toma, anda, y cállate.

La gitana madre, que asistía a la merienda de mis dos primas en la distancia, le gritaba a su criatura:

-¿Qué te ha dao?

Y la chiquilla contestaba:

-Una miaja de tocino gordo.

-Pos tíraselo a la cara y vente.

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