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¿Qué podemos hacer antes de que comiencen a leer?
Bebé bostezando

Los expertos afirman que los niños que están en ambientes en los que la lectura forma parte de la actividad habitual de la familia aprenden antes y mejor a leer. Y ¿cómo crear este ambiente? Sencillamente, leyendo delante de ellos, leyendo con ellos y para ellos, con cualquier motivo, en cualquier situación.

Si intentamos leer juntos, si hablamos sobre ello, seguro que les ayudamos: buscando el significado de carteles y etiquetas; consultando guías telefónicas, programas y agendas, para hacer una llamada u organizar una salida; leyendo revistas, periódicos, cuentos, historietas..., y comentando para qué leemos y cómo lo hacemos; respondiendo a sus preguntas sobre las letras y su descifrado.

Más tarde aprenderán sistemáticamente todas las letras y sus combinaciones junto con el resto de las habilidades que les permitirán comprender una amplia variedad de textos.

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¿Qué podemos hacer ante las dificultades?
Llorar. Ilustrador: Félix Vallés Calvo

Lo más importante es actuar de manera coordinada con el colegio o el instituto, averiguando cuál es el problema y viendo posibles formas de colaboración. En todo caso, hay algunos consejos que podemos seguir, especialmente en el momento inicial del aprendizaje.

No quemar etapas. A veces, los niños no pueden aprender lo que para nosotros resulta obvio. No tengamos prisa. Es posible que los más pequeños sepan el nombre de las letras, incluso su sonido, pero no sean capaces de encontrar el significado. Puede que utilicen las letras para escribir palabras y textos mínimos y, sin embargo, tengan dificultades en la lectura, incluso en la de textos que ellos mismos hayan escrito. Esto es frecuente y, a ciertas edades, forma parte del proceso normal de aprendizaje.

No esperar demasiado. No es necesario esperar a que los niños conozcan las letras, el código alfabético, para leer con ellos. Son ellos los que darán la medida, estimulados y ayudados por nosotros. Siempre deberemos darles la oportunidad de estar en contacto con los libros, con la lectura.

Actuar en paralelo. Nunca estará de más practicar la lectura con nuestros hijos, leyendo para ellos y mostrándoles cómo lo hacemos, proponiéndoles la interpretación de textos habituales, pidiéndoles que nos cuenten qué hacen para escribir y para leer, estimulándoles a que nos pregunten todas sus dudas.

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¿Qué libros gustan entre los 6 y los 8 años?
Libros

En los libros dirigidos a estas edades, las ilustraciones siguen teniendo una gran importancia: los colores, los dibujos y el diseño son elementos de atracción y guía que orientan en la lectura del texto.

Los textos deben ser breves, presentados con un lenguaje directo y claro, con diálogos, repeticiones, palabras y frases sonoras. Los niños comienzan también a leer narraciones sencillas, organizadas incluso por capítulos, con la estructura canónica de presentación, nudo y desenlace.

La tipografía ha de ser grande y el formato del texto debe estar bien distribuido. Los libros deben ser resistentes, con portadas reforzadas.

Entre los libros preferidos por los niños de seis a ocho años podemos destacar los siguientes:

  • Narraciones con personajes protagonistas próximos a los niños y niñas de estas edades, que presentan situaciones de la vida cotidiana relacionadas con sus experiencias.
  • Narraciones con personajes animales.
  • Narraciones de aventuras, fantasía y humor.
  • Cuentos clásicos y populares, libros de fábulas y cuentos de hadas.
  • Poemas, adivinanzas, acertijos y trabalenguas.
  • Obras de teatro para ser representadas (con marionetas, títeres...).
  • Libros documentales o de información en distintos soportes (papel y electrónico) que despiertan la curiosidad de los niños sobre temas como el cuerpo humano, la naturaleza, los animales, culturas del mundo, civilizaciones antiguas...

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¿Qué errores pueden cometer los padres?
Retrato de hombre con niña cogida a hombros. Fotógrafo: Luana Fischer Ferreira

Solemos preocuparnos cuando creemos que nuestros hijos no leen como nosotros esperamos. Y la preocupación puede ser la misma, teniendo o no motivos para ello. ¿Cómo saber si realmente falla algo? Consultando a los profesores. Ellos nos orientarán y nos indicarán qué hacer en caso de que sea necesaria una ayuda adicional.

Podríamos cometer un error si, por principio y sin más información, pensáramos que existe un retraso. Solo el contraste con los profesionales nos permitirá saber si esto es así o si, por el contrario, aquello que nos preocupa forma parte de la evolución normal en el aprendizaje.

Nuestra intervención sin consultar antes con el profesor puede llevar a otros errores:

  • Crear ciertas contradicciones entre el método de la escuela y el que empleamos en casa. Sin tener conciencia de ello, podemos presentar el sistema de escritura de manera muy diferente a la que esperan o están acostumbrados los niños.
  • Emplear textos inadecuados por su extensión, por su interés o por su tema (tanto por exceso como por defecto).
  • Introducir un ritmo de aprendizaje excesivo, quemando etapas y provocando un aprendizaje poco seguro o poco válido para resolver sus problemas. Podemos, incluso, crear un cansancio innecesario.
  • Repetir o enseñar lo ya sabido, provocando cierto aburrimiento.

Para salir de dudas, es fácil preguntar al profesor.

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¿Cuánto dura el aprendizaje de la lectura?
Relo de arena, ilustración de Félix Vallés Calvo

El aprendizaje de la lectura dura toda la vida. El dominio de las habilidades que permiten comprender los textos sigue enriqueciéndose durante toda nuestra experiencia como lectores, en la confrontación con nuevas lecturas, textos más complejos o propuestas textuales diferentes.

Es cierto que las destrezas de descifrado se aprenden pronto. Desde pequeños, nuestros hijos conocen las relaciones entre letras y sonidos y sus combinaciones, y saben interpretar estos sonidos encadenados como palabras con significado en el conjunto de un texto. Pero con este conocimiento no ha terminado el aprendizaje de la lectura, el de la comprensión e interpretación de los textos.

Para ser capaces de comprender un texto, debemos poner en juego saberes muy distintos: unos en relación con nuestra experiencia y conocimiento del mundo; otros sobre la lengua y sobre los textos. La experiencia amplia en cada uno de estos ámbitos nos permitirá acceder al contenido del texto en su integridad: interpretar la intención del autor, la ironía, los dobles sentidos o la alusión y relación entre textos.

A leer se está aprendiendo siempre. Durante toda la escolaridad, los niños y los jóvenes deben seguir perfeccionando sus habilidades. Cuando tratemos de ayudar a nuestros hijos en su aprendizaje, no debemos olvidarlo.

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¿Cómo ayudar durante la lectura?
Ana, ilustración de Abraham Pérez Pérez

Cuando los adultos leemos, podemos centrar la atención en la comprensión del texto porque hay otros procesos que somos capaces de realizar de forma automática (como el descifrado, por ejemplo). Y si encontramos dificultades, tratamos de resolverlas haciendo uso de estrategias distintas.

Sin embargo, nuestros hijos pueden requerir ayuda mientras están leyendo. Para ello, podemos guiarles:

  • Cuando son pequeños, colaborando en el descifrado de algunas palabras complicadas y enseñándoles a seguir las líneas impresas correctamente.
  • Llamando su atención sobre imágenes y esquemas que acompañan al texto y mostrándoles la relación que se establece entre ambos.
  • Estimulándoles a que hablen sobre lo que están leyendo: que nos cuenten qué leen, dónde han encontrado una información, si saben más cosas sobre el tema...
  • Preguntándoles si están encontrando problemas y ayudándoles a concretar qué es exactamente lo que no entienden y dónde puede residir el problema: en el vocabulario, en la estructura de las frases, en el tema...
  • Ofreciendo distintas soluciones cuando no comprenden algo: la relectura, la lectura del contexto, la consulta del diccionario o de otro libro donde ampliar conocimientos...

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¿Cómo ayudar después de la lectura?
Niebla: ilustración de Esther Diana García

Hemos comprendido un texto cuando somos capaces de entenderlo como una unidad y, por tanto, podemos expresar su contenido en pocas palabras. Una vez finalizada la lectura, podemos seguir ayudando a nuestros hijos:

  • Conversando sobre la lectura, tratando de averiguar qué pasajes les han resultado más complicados y por qué.
  • Contrastando, cuando lo haya, el índice del libro con lo que han entendido, haciendo notar la ventaja de revisar títulos y epígrafes como instrumento para recordar y para elaborar el propio resumen mental.
  • Indicándoles que pueden anotar sus dudas y que deben saber formularlas en clase (en especial en la realización de trabajos escolares).
  • Recordando el vocabulario nuevo y comprobando que han aprendido su significado (con juegos de definición de palabras o de búsqueda de palabras para una definición dada).
  • Orientándoles cuando tratan de hacer un resumen e invitándoles a sacar conclusiones, a ordenar una historia, a hacer un esquema.
  • Sugiriéndoles que clasifiquen el texto leído, en comparación con otros del mismo tipo: científico, histórico, de ficción... De este modo, irán organizando su biblioteca y su conocimiento sobre los textos.

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¿Cómo ayudar antes de la lectura?
Calentamiento

Antes de abordar la lectura de un texto, las personas adultas nos preparamos para leer, sabemos qué vamos a leer y con qué objetivo. En ocasiones, estas preguntas las hacemos de manera inconsciente, pero su respuesta será una guía imprescindible para la interpretación del texto.

Sin embargo, niños y jóvenes suelen iniciar la lectura sin plantearse previamente qué van a leer o qué finalidad persiguen con la lectura. Podemos ayudarles a descubrirlo:

  • Recapacitando sobre lo que van a leer y para qué están leyendo: entretenerse, buscar información, localizar un dato, aprender a hacer algo (preparar una receta, montar un juguete, reparar un objeto...), obtener información abundante y ordenada para preparar un trabajo monográfico, estar informados sobre la actualidad...
  • Ayudándoles a recordar lo que saben sobre el tema tratado o sobre asuntos relacionados: recordar otras lecturas, viajes, películas, experiencias...
  • Fijando su atención sobre el valor de las marcas del texto que proporcionan información sobre su estructura: títulos y subtítulos; capítulos y apartados; subrayados, negritas... En algunos escritos, los índices pueden ser una buena ayuda para hablar sobre su contenido y sobre cómo está organizado.
  • Con los más pequeños, identificando palabras familiares para situar el tema: nombres de personajes o de los lugares donde discurre una historia, nombres de objetos, lugares o personas en los pies de fotos o de ilustraciones...
  • Tomando la iniciativa nosotros e indicando para qué y cómo leemos un texto, con el fin de que poco a poco vayan haciéndolo solos.

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